“Del fútbol me gusta todo menos la parte deportiva” suele ser mi forma de expresar que de ese hermoso juego no entiendo un carajo, pero que disfruto infinitamente las conversaciones sobre él, en especial si involucran cargadas, conceptualizaciones lejanas, asociaciones libres, o vinculaciones con la política, la geografía, los gustos, las maneras de ser. Todo el folclore, esa estructura que se arma alrededor de él, y cómo se vinculan ambos entre sí, bah. Y más si hay tipos como Osvaldo, de mi laburo –un viejo socialista (” pero auténtico, no como esos vendidos de la Municipalidad”) de toda la vida, cabrón, ñulista a muerte–, que entiende que lo más lindo y divertido es ese colorido y que puede aprovechar todas esas discusiones –en las que, se sabe, nadie puede tener razón– para meter ficha, hacer calentar, recordarle a un cordobés que “tenías que ser cordobés encima” y cosas por el estilo. Por eso muchas veces digo cosas que ni yo me creo –aprovechando de paso para justificar mi poca capacidad de lectura– tales como “lo único que falta es que haya que saber de fútbol para opinar, si solamente son veintidós tipitos corriendo en un cuadrado verde”.
El tema es –y aquí comienza el mea culpa– cuando te creés un poco el papel e inaugurás la columna de gran deté durante una charla de café para verter todos los conceptos que se te ocurrieron durante esos –con suerte– treinta, cuarenta minutos que viste, encima al pasar, de tal partido el fin de semana. Y encima, era el primer partido que veías en un mes. Y decís cualquier cosa sin fundamento, que total en ese género discursivo que es la charla futbolera, generalmente importa más dar con la expresión correcta que articular algo de hecho: “no se les cae una idea”, “no juegan a nada”, “paso a paso”… si en algo es rica nuestra cultura popular, es en esto.
Con la Selección me pasó eso. Sin tener mucha práctica –o cancha, nunca mejor dicho– me lancé a opinar que lo evidente (que el equipo tiene una impotencia terrible, que nadie quiere hacer un gol, que dudan) desciende del director técnico, que les dice que se paren de tal forma y que la mística, por alguna conexión no muy clara, hará el resto. Que no hay planteo táctico (ni sé lo que es eso) y que Maradona todo lo que hace es alentar y quejarse. Aunque como atenuante, nunca dramaticé: Maradona no podía morirse sin tener la oportunidad de dirigir la Selección, pero no funcionó y se lo debía sustituir por otro. Listo, yatá, que le vachaché, viste como son estas cosas.
Y esta tarde llego a casa después de otra media-hora-de-trote-auspiciada-por-Philip-Morris, y todavía emanando B.O. me senté frente a este artículo de Guillermo Alfieri que publica Artemio, que sin dudas es lo más hermoso que lei sobre el fútbol. Y no es un descargo sobre que Maradona se puso a la prensa en contra cuando apoyó el fútbol para todos, no. Expone más bien cuestiones tácticas y fácticas, reinterpretándolas, dándolas vueltas, profundizándolas.
Si me iban a rebatir lo que yo pensaba, no quería la intriga de antagonismo por la cual tal actor, “los medios”, estaban enfrentados a tal otro, el Diego; me hacía falta, más bien, otro plano más sustancial desde donde ver las cosas. Hizo falta algo que las resignifique, las ubique de diferente forma las unas respecto a las otras para darle nueva dimensión al problema. Sí, la vieja y querida superación, a veces olvidada entre tanto poroteo.
Ahora veo que aquella “conexión no muy clara” era, en realidad, lo que había estado haciendo yo, y de esto se pueden extraer dos valiosos aprendizajes –cualquiera con un par de sesiones de análisis ya sabrá a dónde apunto.
Primero: viví en “carne propia” lo que es opinar sin la menor cancha, lo que no es lo mismo que “saber”. La política será aquél ámbito sobre el que cualquiera puede opinar sin saber(el Escriba había dicho algo así, ya años ha), pero eso no exime la necesidad de cierto rigor, verosimilitud y cantidad de recursos (kilometraje hecho, digamos) que se deben procuarar si es que se va más allá del cierta instancia “al paso”. Esto es lo que pasa (y que me pasó) con el fútbol: para hablar hay que tener cancha.
De donde se puede extraer –una idea con la que insisto bastante– que el periodismo inthependiente es más improvisado, y por lo tanto instrumento, que malo de la película. Y que con la Ley enfocada en los monopolios, quizá los cañones estén mejor apuntados de lo que tenemos idea.
Pero lo segundo, y aún más importante, es que a aquél de pensamiento contrario no se lo convence en terreno propio sino en el suyo. En lo nuestro esto significa: a éste no le interesarán argumentos sobre el discurrir político, los clivajes sociales, los imperialismos o los roles del Estado. Querrá más bien (¿corroborar? ¿legitimar? ¿sentirse acompañado por?) sus propios argumentos. Discutir en sus propios términos. Y en el mejor de los casos, si estamos dotados de algo de la pertinencia de Alfieri, poder plantear el problema en nuevos términos. Moverle un poco la estantería, vio. Algo así como Chomsky cuando se autorrestringe trabajar a partir de datos suministrados por el Departamento de Defensa, siempre dudando en favor del contrincante. Sorprende ver lo lejos que se puede llegar aún haciendo concesiones –lo vimos el viernes pasado.
Y si no quieren escuchar, darle para adelante y taparles la boca. Con la Ley, con la clasificación. Y que la sigan chupando.


