
Había tachado el nombre de Aronofsky después de su pasmosa The Fountain (2006): mirarla fue una experiencia cinematográfica tan terrible, que había actuado retroactivamente en la filmografía del director, impregnándola con un sabor a mediocridad irremovible.
Dos años mas tarde, luego de una noche frente a The Wrestler (2008), debo, empero, darle mi reconocimiento a su creador. Aún cuando todavía considerase a sus films previos como lisa y llana porquería, tendría que saludar la maestría detrás de esta película en particular.
La pequeña historia de la película compone una fabulosa parábola ambientada en el mundo de la lucha libre. El guión, casi minimalista y sin ninguna pretensión de novedad, se las ingenia para exprimir montones de poesía de una atmósfera plagada de colores brillantes, actores farsantes, multitudes sobreexcitadas y todo lo peor de la cursilería americana más abyecta. Difícil encontrar más contraste en algún otro lado.
El uso de la cámara, filmando al personaje desde atrás más que frecuentemente, representa una sensible evolución por sobre las anteriores entregas de Aronofsky, para las cuales supo optar por un repertorio de imágenes bonitas, yuxtapuestas casi a un ritmo de publicidad comercial. Ahora, en cambio, se nota un estilo explíticamente elegido acorde con la temática de la película; aquí no hay mera “fotogenia”.
Aronofsky supo, también, insistir con el intérprete que el guión requería para coronar su criteriosa conjunción. Su elección no podía ser más apropiada. Innecesario explayarse en los detalles de una historia ya demasiado publicitada; baste decir que Mickey Rourke nació para su papel en The Wrestler. Su impresionante rostro y fisonomía son el currículum que resume esta necesidad. Marisa Tomei, mejor que nunca -en todo sentido-, es una compañera fenomenal.
De modo que, efectivamente, debo admitir que Aronofsky, sobre quien próximamente recaerá la pesada responsabilidad de rebootear esa genialidad que fue RoboCop, no es, ni mucho menos, el estandarte de la mediocridad. La evidencia está a la vista con esta película. El talento que ahora se le puede reconocer responde, sin embargo, a una maduración: esta vez, en lugar de forzar técnicas -como hizo en The Fountain o aún más groseramente en Pi (1996), donde, por definición de teoría conspirativa, todo es forzado-, ha logrado integrar en un todo armónico las distintas dimensiones que hacen a una película.
Si suponemos que la idea motora de este film fue -algo que no tiene por qué ser ni remotamente cierto- el ejercicio de encontrar alguna especie de belleza literaria en el último lugar en que alguien buscaría, entonces bien podría decirse que Darren Aronofsky logró zambullirse en el concepto no con fórmulas preconcebidas, sino con la apertura suficiente para encontrar la historia y técnica acordes.
Y ésa es, sencillamente, otra de las tantas definiciones de buen cine. Todavía le falta, así que por el bien del querido RoboCop, esperemos que su futuro director siga teniendo en cuenta esto.